Respetar la libertad ajena
 
Una parte considerable del malestar que experimentamos en nuestras relaciones con los demás proviene de no respetar una sencilla máxima: cada ser humano tiene derecho a vivir su vida de la forma que le parezca más adecuada.
 
Aunque el concepto de libre albedrío viene de antiguo, muchas pesonas no acaban de creer en su significado y viven con la sensación de no poder decidir sobre sus vidas. Esto las conduce a dejarse llevar por una corriente contra la que no se sienten capaces de luchar, de forma que toman sus decisiones en función de fuerzas externas como la opinión de los demás, su religión o incluso las leyes del mercado.
 
El problema se agrava cuando estas personas no sólo coartan su propia libertad, sino que además se esfuerzan por dirigir la vida de los que les rodean exigiendo que los  demás que cumplan sus expectativas y molestándose cuando éstos no lo consiguen. Un ejemplo de este intento de control se da a menudo en las relaciones conyugales en que uno de los miembros de la pareja alberga la secreta esperanza de que con el tiempo logrará moldear la personalidad del otro, descubriendo con los años que lo único que ha conseguido son unas cuantas canas de más y varias discusiones sin sentido.
 
Resulta interesante intentar comprender de donde proviene esta necesidad de controlar a los demás. A veces esta motivación nace de una profunda inseguridad en uno mismo: el ver que existen estilos de vida distintos al nuestro nos hace dudar de nuestra elección, de forma que nos resulta menos desestabilizador intentar que la otra persona cambie que replantearnos nuestra elección. Otras veces se trata de casos de baja tolerancia a la frustración: a las personas con esta característica les cuesta muchísimo soportar que las cosas no sean como ellas quieren, por lo que intentan por todos los medios posibles que los demás se adapten a sus necesidades.
 
La razón por la cual los intentos de cambiar a los demás no suelen surtir efecto es que por mucho que intentemos negarlo la libertad individual continúa existiendo. Esto significa que a pesar de las pataletas de nuestros allegados las personas no cambiamos a no ser que decidamos hacerlo.
 
Es necesario puntualizar que respetar la libertad de los demás no implica tener que aguantar pasivamente conductas que atenten contra nuestros intereses. Nosotros, igual que la otra persona, tenemos el derecho a decidir con quien queremos relacionarnos, cómo lo hacemos, qué conductas estamos dispuestos a tolerar y ante cuáles preferimos romper el contacto.
 
Reconocer y respetar la libertad individual de los demás constituye un acto de madurez, humildad y generosidad. De madurez porque implica aceptar que la realidad no siempre tiene por que encajar con nuestros deseos sin que esto suponga un drama inasumible. De humildad porque significa dejar de creer que nuestra manera de ver las cosas y actuar es la ideal y debe constituir un modelo a imitar para los que nos rodean. Finalmente, decimos que también es un acto de generosidad porque otorga al otro ser humano la dignidad y responsabilidad que merece.
 
Una de las características que nos hace humanos es la conciencia de que existimos y de que podemos elegir cómo hacerlo. Por muy difícil que se presente una situación el ser humano siempre tiene la libertad de decidir cómo afrontarla intimamente. Mediante la fuerza es posible obligar a una persona a decir o hacer algo, pero no a creer o pensar de forma distinta a como lo hace.
 
La experiencia nos enseña que los cambios humanos profundos nunca se producen como una respuesta pasiva ante presiones externas, de manera que resulta más saludable aceptar que los demás realizarán los cambios que deseen según su propio ritmo y no el nuestro. Esto, lejos de ser un problema, es lo que hace a estos cambios y a los seres que deciden emprenderlos realmente especiales.
 
VNP
Respetar la libertad ajena
martes 27 de julio de 2010