El estrés y sus consecuencias
 
Al contrario de lo que podríamos pensar de entrada, el estrés no es algo malo en sí mismo. A lo largo de la evolución de nuestra especie éste mecanismo nos ha servido para adaptarnos satisfactoriamente a nuestro entorno y poder sobrevivir: estrés es lo que sentíamos cuando un animal peligroso se acercaba, o cuando nos veíamos rodeados por un incendio. En estas circunstancias, las respuesta de estrés nos proporcionaba las condiciones físicas necesarias para afrontar eficazmente la situación: nuestro corazón, por ejemplo, se aceleraba bombeando más sangre a las extremidades para poder luchar o huir. Es por esta razón por la que podríamos decir que estamos biológicamente preparados para estresarnos.
 
Esta respuesta tan valiosa en tiempos pasados se vuelve en nuestra contra en sociedades como la nuestra, en las cuales raramente nos enfrentamos a situaciones que ponen en peligro nuestra integridad física. Sin embargo, como el mecanismo del estrés sigue ahí, su alarma salta en otras circunstancias. Actualmente nos estresamos mayoritariamente como respuesta a situaciones en las que el mecanismo biológico de lucha-huida no sirve de mucho, como por ejemplo ante problemas con nuestros familiares o compañeros de trabajo, situaciones de examen, o de falta de tiempo para cumplir las tareas que se nos asignan. Para añadir aún más complegidad al asunto, a menudo nos estresamos como respuesta  a amenazas que no existen en realidad: muchos padres, por ejemplo, se preocupan por sus hijos cuando éstos salen de noche imaginando toda la colección de catástrofes posibles que les podrían ocurrir y que afortunadamente no suelen llegar a suceder nunca.
 
El principal problema de todo esto es que cuando la alarma  de la respuesta de estrés salta, todo nuestro cuerpo responde de forma idéntica a como lo haría si nos estuviera persiguiendo un león:
 
Nuestro cerebro no es capaz de difereciar entre las amenazas reales y las ficticias, de forma que responde de la misma forma ante ambas.
 
En estas situaciones, el estrés -lejos de ayudarnos- supone un desgaste físico tremendo que puede tener importantes consecuencias para nuestra salud a largo plazo. Se ha comprobado, por ejemplo, que un estrés sostenido provoca que nuestro sistema inmunológico se debilite, haciéndonos más vulnerables ante diversas enfermedades. Las mujeres que experimentan estados de tensión durante el embarazo producen hormonas que hacen que la cantidad de sangre que llega al feto disminuya a la vez que aumentan el riesgo de aborto. Otros estudios han hallado relación entre la vivencia de sucesos estresantes y el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y cáncer. Se ha comprovado, además, como el estrés facilita que adoptemos hábitos de vida poco saludables como el sedentarismo o el consumo de drogas.
 
Al contemplar la otra cara de la moneda nos llega la buena noticia: si estresarse es perjudicial para la salud, combatir el estrés nos aporta múltiples beneficios.  Como veremos  más detenidamente en próximos artículos, aprender a enfocar las circunstancias vitales de forma racional y realista nos ayudará a prevenir el estrés. Se ha comprobado, además,  que la práctica de técnicas de relajación aumenta la eficacia de nuestro sistema inmune.
 
VNP
 
 
El estrés y sus consecuencias
jueves 17 de junio de 2010