Valorar las pequeñas cosas
 
Tal y como los anuncios publicitarios no dudan en recordarnos, las fiestas navideñas están cada vez más cerca y junto a ellas se aproximan un sinfín de imágenes que constituyen la exaltación de distintos valores. Los centros comerciales se empiezan a llenar, y se hace cada vez más patente que ésta, como muchas otras de nuestras celebraciones, hace años que gira básicamente alrededor de un verbo: consumir.
 
Sólo hace falta mirar el tipo de juguetes que anuncian por televisión para darnos cuenta de que, desde edades muy tempranas, estamos trasmitiendo a las futuras generaciones el siguiente mensaje: “compro y poseo, luego existo como ciudadano”.
 
Y no es que el comprar y regalar sea algo malo en sí mismo, de hecho, a la mayoría de nosotros nos resulta una experiencia agradable. El peligro se halla, sin embargo, en el peso que le damos a estas acciones al hacer el cálculo final de nuestro grado de satisfacción con la vida.
 
Como bien sabemos los que tenemos la suerte de vivir en el lado privilegiado del mundo, uno se acostumbra rápido a las comodidades, de manera que a menudo acabamos fabricando necesidades que antes simplemente no existían en nuestras vidas. De esta forma, nos identificamos con objetos y costumbres, y lo que antes era lujoso o accesorio pasa a constituir casi una necesidad vital. Esta identificación con algo externo a nosotros nos genera una dependencia, de manera que, cuando estos elementos dejan de estar presentes en nuestras vidas, nos invaden sentimientos como la frustración y la desdicha. El que esto ocurra nos da una valiosa información: los objetos han pasado a controlarnos a nosotros, y no al revés: la toma de consciencia de este patrón de apego es un primer paso imprescindible para empezar a introducir cambios en él.
 
Hay una cuestión que llama la atención al hablar con personas que han sufrido situaciones especialmente duras en la vida, o con aquellas que atraviesan las últimas etapas de la misma: muchos de estos seres humanos explican que su sistema de valores y prioridades simplemente ha cambiado. Lo que antes les parecía preocupante ahora sencillamente les importa un bledo y, en cambio, se dan cuenta de que valoran cosas y momentos que antes les pasaban prácticamente desapercibidos. Dan gracias por tener salud, por poder compartir la vida con sus seres queridos, o por poder hacer cosas tan simples como dar un paseo por el campo o disfrutar de un buen plato de comida. Estas personas, que han sido capaces de extraer sabiduría de las experiencias dolorosas, nos trasmiten un sugerente mensaje: lo que realmente hace que la vida valga la pena son los pequeños y cotidianos momentos, y no los grandes lujos o experiencias.
 
Hace poco leí una bella cita de un libro llamado “El canto del pájaro” de Antonio de Mello. Cuenta la historia de un pececillo que iba nadando a toda velocidad, cuando encuentra un viejo pez:
 
    - Pececillo, ¿dónde vas tan deprisa?
    - Estoy buscando el mar.
    - Pero el mas es esto, aquí, donde tu estás.
    - No puede ser. Esto no es más que agua.
 
Y el pececillo siguió nadando a toda velocidad.
 
Muchos de nosotros funcionamos a menudo como ese pececillo, que busca lejos algo mágico y grande que le aporte felicidad, sin darse cuenta de que lo que tanto anhela se halla simplemente ante sus ojos.
 
La facultad de ver el mar en esta “simple agua” que nos envuelve no es una habilidad reservada sólo a cerebros privilegiados, al contrario. Conseguirlo requiere, simplemente, que estemos atentos para rescatar, de cada día, pequeños y maravillosos momentos por los que estar agradecidos.
 
¿Cuáles son las cosas que dan sentido a tu vida? ¿Porqué te levantas cada día por la mañana? Piénsalo y, simplemente, intenta dar a estas cosas el espacio que se merecen en tu vida, disminuyendo la energía que dedicas a aquellos asuntos que no aparecen en tu lista de prioridades.
 
Haciendo esto estarás seguro de invertir en lo que realmente te importa, haciéndote responsable de la capitanía de tu barco, tomando un rumbo que realmente te valga la pena.
 
VNP
Valorar las pequeñas cosas
sábado 26 de noviembre de 2011