Responsabilizarse de uno mismo
 
Basta con sintonizar unos minutos cualquier telediario para que la idea de que el mundo parece  volverse cada día más caótico, violento e injusto, aparezca en nuestra mente. Si a esto le sumamos la constatación de que a lo largo de nuestras vidas cada uno de nosotros debemos enfrentarnos de vez en cuando a situaciones desagradables que a veces escapan a nuestro control, es comprensible que a veces nos veamos invadidos por la desesperanza. Este sentimiento se caracteriza principalmente por la creencia de que no podemos controlar lo que ocurre a nuestro alrededor, de manera que a menudo acabamos llegando a la conclusión de que la única salida posible es resignarse y no hacer nada.
 
Si bien es cierto que a veces cambiar la realidad externa no está en nuestras manos, también lo es que viviremos de manera muy distinta la misma en función de si decidimos gestionarla o no, así como dependiendo de la forma en que lo hagamos. Estas diferentes actitudes ante las circunstancias son, además, una fuente importante de diferencias entre los seres humanos. Así, existen algunas personas que parecen haber “tirado la toalla”, de manera que viven instalados una actitud de queja y auto-compadecimiento constante que los lleva a concebirse a sí mismos como víctimas indefensas de un mundo que los trata peor de lo que realmente merecen. Al perderse en le desierto, por ejemplo, estas personas decidirían sentarse en medio de la arena a preguntar a dios o al destino el porqué de su mala fortuna esperando así que la inevitable deshidratación se apodere de ellos. Existe también otro tipo de seres humanos que han aprendido a evitar la ansiedad que los problemas les generan actuando como si éstos no tuvieran lugar. Este tipo de náufragos imaginarían un osasis inexistente, en el cual aguardarían  relativamente tranquilos y ausentes a que se sucedieran los acontecimientos.
 
Existe sin embargo un tercer tipo de personas, aquellas que han tomado la valiente decisión de aceptar un papel activo en sus vidas: suelen afrontar los acontecimientos  empezando por analizar si pueden o no hacer algo para mejorar su situación. Este planteamiento, al contrario de lo que de entrada podríamos pensar, no implica como los otros dos ni pasividad ni la negación de la realidad. Las personas que han aprendido a responder de esta manera se centran en primer lugar en intentar discernir lo más claramente posible qué parte de la situación externa es susceptible de ser cambiada y cuál no. Seguidamente se preguntan: ¿cuál de las partes que puede ser cambiada depende de mi y cuál de la actuación de otros? Ante la respuesta a la anterior cuestión deciden centrarse en la parte de la situación en la que pueden influir personalmente y comprenden que, al igual que ellos mismos, los demás tienen libertad para decidir cambiar o no sus acciones y que por lo tanto eso no depende de lo que ellos puedan desear o hacer. Tras todo este proceso, en algunas situaciones estas personas llegan a la conclusión de que no está en sus manos hacer nada que pueda cambiar directamente la situación externa en la que se hallan, así que deciden aceptarla tal y como es. Sin embargo, tras esta aceptación inicial de aquello exterior que no pueden cambiar, estos seres humanos dan un paso más allá que los diferencia de nuestro primer náufrago y se preguntan:
 
¿Qué cosas puedo hacer yo para que este sufrimiento que parece inevitable sea lo menos doloroso posible?
 
Esta simple pregunta es una pequeña muestra de una gran sabiduría, ya que implica no negar ni lamentarnos de la situación a la vez que reconocemos nuestro papel activo a la hora de abordarla. Esta manera de afrontar las situaciones difíciles e inescapables nos permite llevar a cabo a la vez varios ejercicios de vital importancia:
 
Nos permite en primer lugar tomar consciencia de la situación en la que nos hallamos y del dolor que esta nos causa, dándonos permiso para sentir este dolor y todas sus posibles manifestaciones (sorpresa, miedo, rabia, tristeza... ) sin auto-censurarnos. Así mismo nos posibilita, una vez reconocido lo duro de la situación, el conceptualizarnos como seres activos y responsables ante nuestras propias vidas que no nos dejamos arrastrar por la marea, sino que somos capaces de remar, patalear para mantenernos a flote e incluso usar nuestra mente para recordar el amor de los nuestros y así proporcionarnos fuerza y paz cuando sabemos que ya no nos quedan más cartuchos que quemar.
 
Esta mezcla de aceptación del sufrimiento por un lado y de lucha por disminuirlo o como mínimo no aumentarlo aún más, es una de las principales características de las personas que suelen gestionar mejor los duros golpes que a veces nos da la vida. Esta actitud constituye, además, una importante vacuna contra el abandono y la depresión que pueden surgir ante las dificultades.
 
Es importante recordar que esta postura no es algo innato, sino que se puede aprender durante la vida. Puesto que, como sabemos, probablemente la mayoría de nosotros deberá afrontar tarde o temprano situaciones dolorosas importantes, vale la pena tomar consciencia de la importancia de ir preparando día tras día esta potente vacuna contra la desesperanza utilizando los pequeños y grandes retos del día a día para practicar.
 
Si te apetece empezar a entrenar esta actitud constructiva y de auto-responsabilidad, una buena y sencilla manera de hacerlo es que intentes estar atento para detectar tus actitudes de queja, auto-compadecimiento y desesperanza y te preguntes:
 
¿Qué cosas estoy haciendo yo y qué cosas puedo hacer con esto que me está ocurriendo?
 
VNP
Responsabilizarse de uno mismo
domingo 22 de mayo de 2011