Lo que cuenta es la intención
 
Una de las premisas más importantes de la filosofía budista es que todo nuestro comportamiento es fruto de una motivación o intención previa. Aunque esta idea puede parecernos una obviedad, a menudo la perdemos de vista en nuestro día a día. En un mundo en el que lo que cuenta son los resultados, pocas veces nos paramos a comprender de dónde surgen en realidad la actitudes y acciones propias o ajenas.
 
A menudo nos fijamos y recordamos lo que se ha dicho o se ha hecho. Sin embargo, todos sabemos que una misma acción puede partir de actitudes o sentimientos distintos e incluso opuestos. Actos aparentemente positivos como un elogio o colaborar en un acto benéfico pueden nacer de motivaciones no tan honorables como el afán de manipular a otros o de autopromocionarse empresarialmente. Así mismo, otras acciones en apariencia censurables como dar a un hijo en adopción pueden basarse en una intención amorosa y desinteresada. Si tenemos en cuenta esto veremos fácilmente que no tiene mucho sentido juzgarnos a nosotros y a los demás en base a lo que cada uno hace, dice o piensa.
 
Una alternativa a esto es la comprensión, el intentar entender con una mente libre de prejuicios el porqué de lo que ocurre. No se trata de presuponer las intenciones de los demás, sino de procurar analizar cada actuación teniendo en cuenta el contexto en el que ésta se desarrolla.
 
Hace algún tiempo un compañero psicólogo me explicó que estaba llevando el caso de un adolescente que había sido detenido por agredir brutalmente a personas que vivían en la calle. Sus actos fueron repugnantes y despreciables y no están justificados en ninguna circunstancia, eso nadie lo pone en duda. Sin embargo, ante estos actos el terapeuta optó por intentar comprender de dónde podría haber surgido tanto odio, tanta rabia acumulada. Escuchando la cruda historia del chico las piezas empezaron a encajar. Comprendió como aquel chaval que se esforzaba por parecer un tipo duro y aterrador no era más que un adolescente profundamente perdido que dudaba de si su vida importaba a alguien en realidad, de si alguna vez sus padres lo habían amado, de si no era más que un problema para todos que era mejor quitar del medio...
 
Esto no significa que las personas no seamos responsables de nuestros actos. De hecho una de las características principales de la madurez emocional es precisamente la capacidad de hacerse cargo de las propias acciones y sus consecuencias. Lo que sí significa es que, si  pretendemos sinceramente conocer a los demás y a nosotros mismos, debemos ir más allá de las apariencias. A menudo nos vanagloriamos haciendo “buenas acciones”. Sin embargo, vale la pena de vez en cuando hacer una acto de sinceridad con uno mismo y preguntarse cuál es la causa real de estos comportamientos para ver si responden en realidad a una búsqueda de prestigio, a un intento de nuestro ego de hacerse aún más fuerte. Una manera fácil de contestar estas preguntas es ver cómo reaccionamos ante los resultados de nuestros actos: si hacemos las cosas bien en el trabajo o en casa porque estamos realmente convencidos de que debemos hacerlo así no nos sentiremos desdichados cuando los demás no nos feliciten o incluso nos critiquen por ello.
 
Evidentemente esto también es aplicable a esos casos en que las cosas no nos salen del todo bien. Si tu intención no era lastimar o perjudicar: ¡relájate, aprende del error y no te “machaques” más!
 
Sólo tu puedes conocer las razones por las que actúas y de éstas intenciones sí eres totalmente responsable.
 
VNP
 
 
 
La importancia de la intención
viernes 11 de junio de 2010