Dejar crecer en vez de etiquetar
 
Los seres humanos organizamos la información de forma que ésta nos pueda servir para predecir lo que ocurrirá en futuras ocasiones, ya que ésto nos proporciona cierta sensación de seguridad. Pensamos: si “comprendo” lo que está ocurriendo ahora, podré reaccionar de forma más hábil en situaciones parecidas posteriores.
 
Aunque es indudable que aprender del pasado puede resultarnos muy útil, a menudo no realizamos este proceso de manera óptima. Como la principal motivación a la hora de organizar mentalmente el mundo es eludir la ansiedad que nos produce la incertidumbre, a menudo priorizamos este objetivo en detrimento de otros igualmente importantes como el procurar construir un modelo de la realidad lo más fiel posible a la misma. A esta dificultad hay que añadir la gran complejidad de las situaciones en las que nos relacionamos con otras personas, que nos obliga a menudo a simplificarlas mentalmente agrupando y etiquetando la información para poder manejarla con más facilidad.
 
Los problemas surgen cuando no sólo etiquetamos y simplificamos las situaciones, sino también a las personas con las que nos relacionamos. Si os fijáis, la mayoría de nosotros tiene extraordinariamente arraigado el hábito de etiquetar a los demás. Cuando conocemos a alguien, solamente mirando su aspecto físico aparecen en nuestra mente varios adjetivos, que se completan con otros tantos cuando le vemos hablar o actuar. Hacemos lo mismo con aquellos con los que nos relacionamos casi a diario, como nuestros compañeros de trabajo, familiares o parejas. Cuando alguien se olvida de algo le soltamos alegremente un “es que eres un desastre, siempre te pasa igual”, cuando nuestra pareja no responde a nuestras necesidades como a nosotros nos gustaría pensamos “es un egoísta”, cuando nuestro hijo no estudia como nosotros creemos que debería hacerlo le hacemos saber que “está hecho un vago”.
 
Seguramente, mucha gente podría defender este tipo de comentarios argumentando que se hacen con buena intención, para que la otra persona se de cuenta de sus errores y mejore día a día. Lo curioso es que ésta manera de relacionarnos con los demás consigue precisamente lo contrario: los estanca, les dificulta evolucionar como personas. Cuando hacemos este tipo de comentarios a los demás les estamos enviando el mensaje implícito de que aquel “defecto” o fallo forma parte de su persona y no se puede modificar. Al calificar a la persona y no a su acción concreta actuamos como la Medusa en la mitología griega:  convertimos al otro en una estatua de piedra rígida e inmóvil. Como desde pequeños construimos nuestra imagen en gran parte en base a lo que las personas que nos rodean opinan de nosotros, acabamos integrando estos comentarios a nuestra personalidad pensando que en realidad somos desastrosos, unos vagos o unos egoístas. Lo mismo ocurre cuando una persona tiene una enfermedad, sobre todo si se trata de una enfermedad mental. Es por eso algunos psicólogos preferimos hablar de “personas con depresión” o “personas con alcoholismo” que de “depresivos” o “alcohólicos”.
 
Si deseas sinceramente ayudar a mejorar a las personas que te rodean, debes empezar por detectar cuándo las etiquetas. Te puede ser útil identificar las tres fórmulas que se suelen utilizar al etiquetar: el verbo ser (“eres” una histérica, un egoísta, un hipócrita...), los siempres (“siempre haces tal o cual cosa”) y los nuncas (“nunca” harás nada en la vida, “nunca” me haces caso...).
 
Una vez detectadas estas fórmulas puedes sustituirlas por otras que se adapten más a la realidad y den la oportunidad a la otra persona de intentar hacer las cosas de un modo distinto en un futuro. El verbo ser se puede sustituir fácilmente por el verbo estar, que enfatiza el carácter temporal y no estático del estado de la persona: así, por ejemplo, diríamos “ahora estás nerviosa” en vez de “eres una histérica”. Los siempres y los nuncas se pueden suplantar por un “en este momento”, “esta vez” o “en esta ocasión”, así diriamos por ejemplo “ahora no me estás haciendo caso” en lugar de “nunca me prestas atención”.
 
Aplicando estos pequeños y sencillos cambios en tus relaciones cotidianas, podrás transmitir a la otra persona que su comportamiento actual no te parece correcto sin “petrificarla” ni dañar su auto-imagen. Tus comentarios le expresarán implícitamente que piensas que es un ser dinámico capaz de seguir creciendo y evolucionando día a día. Se trata en definitiva de ayudar a construir un clima de confianza y seguridad que permita a la otra persona de explorar nuevas maneras de actuar sin añadir más angustia al proceso.
 
Permitir que los demás crezcan y labren su propio camino es uno de los más bellos gestos de respeto, amor y amistad.
 
VNP
 
 
Dejar crecer en vez de etiquetar
domingo 11 de julio de 2010