Cómo ayudar a los más pequeños
 
Convivir con niños puede ser una enorme fuente de satisfacción, alegría y vitalidad. Ellos nos brindan la posibilidad de recuperar el juego, la fantasía, la curiosidad y la ilusión: actitudes que a veces los adultos tenemos guardadas demasiado al fondo en nuestros armarios.
 
No obstante, en algunas ocasiones esta experiencia acaba convirtiéndose en un motivo de estrés, de manera que el día a día de algunas familias consiste básicamente en un sinfín de luchas cotidianas para conseguir que los pequeños sigan sencillas rutinas como levantarse, vestirse, comer, hacer los tareas escolares, bañarse o irse a dormir.
 
A menudo, en los niños más pequeños, las dificultades se manifiestan en forma de rabietas y desobediencia. Cuando esto ocurre, el niño suele ser catalogado de “revoltoso” e incluso “problemático” cuando en realidad, la mayoría de veces, no ha hecho más que responder a unas pautas educativas confusas e incoherentes. Es por esta razón por la que, cuando estos casos llegan a terapia, al proporcionar a sus padres información, pautas y técnicas educativas, los niños mejoran enormemente su conducta.
 
Aunque cada caso es diferente, existen una serie de directrices generales que suelen ser beneficiosas. El primer paso para ayudar a un niño desobediente es comprender qué motivaciones mueven su conducta cotidiana. A los niños y niñas pequeños les gusta, como a todos nosotros, que las personas que más quieren les presten atención. Es por eso que una de las mejores recompensas que les podemos dar a nuestros hijos cuando se comportan bien es escucharlos, jugar con ellos, felicitarlos y hacerles ver que nos hacen sentir orgullosos.
 
Uno de errores que suelen cometer los padres y madres al interactuar con sus hijos es hacer un uso inadecuado de esta atención, de manera que atienden al niño cuando se porta mal y lo ignoran cuando “no molesta”. Esto se ve mucho en las parejas de hermanos en que, paradójicamente, el que peor se comporta de los dos pasa a ser el centro de atención en casi todas las situaciones. Para entender esta cuestión debemos tener presente que  las regañinas o gritos son también formas de atención y que, aunque a veces a los adultos nos cueste de creer, un niño prefiere mil veces más que sus papás le hablen (aunque sólo sea para regañarle) que que no le hagan caso. Tener esto presente es sumamente importante, ya que podremos utilizar esta atención para reforzar las conductas saludables de nuestros hijos y retirarla cuando se comporten de manera inapropiada.
 
Otro elemento importante en la relación con nuestros pequeños es la manera en que les comunicamos lo que esperamos de ellos en cada momento. A menudo, los adultos comenten el error de formular las peticiones u órdenes de manera demasiado vaga, de forma que se dificulta su cumplimiento. Para que la órdenes sean eficaces debemos expresar al niño qué queremos que haga en ese momento de forma concreta, con un lenguaje adaptado a su edad y en un tono firme pero tranquilo, sin emitir chillidos innecesarios. Pondremos un ejemplo: si nuestro hijo Pablo está saltando en el sofá cuando lo tiene prohibido, sería preferible acercarnos a él, mirarle a los ojos y decirle sin gritar: “Pablo, quiero que te bajes ahora mismo del sofá, pongas la funda bien y te sientes a ver la televisión hasta que yo te avise para que vengas a cenar” que gritarle desde la cocina “¡Pablo, haz el favor de portarte bien de una vez! ¡Verás como me hagas venir...!”.
 
Otra equivocación, que se repite una y otra vez en los casos de desobediencia infantil, es lo que Patterson llama la “Trampa de reforzamiento negativo”. Este autor se dedicó, junto con su equipo, a observar cómo interactuaban distintos niños y sus familias en su ambiente familiar. Gracias a este trabajo logró comprender cuál era la base de muchas de las dinámicas de relación que desembocaban en la desobediencia y el nerviosismo, observando como a menudo se repetía la siguiente secuencia:
 
El hijo empezaba a comportarse de forma inapropiada. El adulto, ante esta situación, le pedía al niño que parara de comportarse mal pero, al ver que éste no obedecía, resolvía darle lo que el pequeño reclamaba con su mala conducta para que dejara de molestar. Fruto de esto el niño, que ya había conseguido lo que quería, paraba de incordiar, de manera que su progenitor volvía aliviado a la actividad que estaba haciendo antes de que el niño empezara a portarse mal.
 
Pongamos en ejemplo: Laura, de cuatro años, pasa con su mamá por delante de la heladería. Al ver los helados le pide a su madre que le compre uno, a lo que ésta responde que no, puesto que ya ha merendado y además luego se ha comido unas cuantas golosinas. Laura, al ver que su mamá no está dispuesta a darle lo que quiere, se tira al suelo y empieza a llorar y gritar escandalosamente, de forma que escenifica una pataleta en toda regla en plena calle mayor. Su madre, a la cual no le gusta ser el centro de atención, siente vergüenza a ver cómo los demás viandantes se giran para ver qué ocurre y se irrita al oír que los chillidos de Laura son cada vez más intensos. La coge de la mano y la intenta levantar, regañándola y diciéndole que haga el favor de caminar, pero Laura sigue en el suelo y su madre ya no sabe cómo seguir arrastrándola. Cuando ya no puede más con la situación, la mamá de Laura, agotada, le dice: “de acuerdo, te comparé un helado, ¡pero uno pequeño eh!” Ante esta afirmación la pequeña, todavía colorada y con lágrimas en los ojos deja el berrinche, se pone en pie y le da la mano a su mamá para ir a comprar el helado que tanto deseaba. Finalmente, ambas acaban complacidas: la madre se siente aliviada porque la gente de la calle por fin deja de mirarla y Laura disfruta del helado que había pedido. Al fin y al cabo: la pataleta ha valido la pena. Tal y como Patterson explica, ambas han aprendido cuál es la manera de conseguir que el malestar cese rápidamente, de forma que en futuras situaciones responderán de forma parecida.
 
De este modo, poco a poco los niños y niñas aprenden cómo conseguir lo que desean, y sus papás aprenden la manera de disminuir el estrés que esto genera durante un rato. Desgraciadamente, este alivio momentáneo tiene consecuencias desastrosas a la larga, ya que convierte una convivencia agradable en un entorno caótico e incoherente en que se premian la malas conductas y donde el niño acaba marcando en ritmo y la dirección de la rutina diaria.
 
Algunas veces, fruto de estos hallazgos, se ha caricaturizado a los niños como seres diabólicos y manipuladores que planean premeditadamente y con mala intención formas de engañar a sus padres para conseguir lo que quieren: nada más lejos de la realidad. Ocurre simplemente que los pequeños no nacen sabiendo autocontrol, ni mucho menos normas éticas de comportamiento, de forma que, si no les enseñamos a hacer lo contrario, buscarán la manera de satisfacer sus deseos y necesidades lo más rápido posible. Hay que tener en cuenta además, que el ambiente de nerviosismo que se genera en los casos de desobediencia grave no es agradable ni positivo para el desarrollo de la familia en general, incluidos los niños.
 
Es entonces responsabilidad del adulto el enviar día a día mensajes adecuados para que el niño comprenda, poco a poco, los beneficios de respetar las normas de conducta y los inconvenientes de no hacerlo, así como la utilidad de postergar la satisfacción inmediata de sus deseos en pro de metas beneficiosas a largo plazo. Es importante tener en cuenta que estos mensajes no deben ser (o no sólo deben ser) verbales, sino que debemos transmitirlos principalmente mediante nuestra actuación diaria.
 
Podemos resumir algunas pautas orientativas para lograrlo:
 
- Da ordenes claras, concretas y en un tono firme pero sin gritar para que tu hijo sepa qué esperas de él en cada momento.
 
- Préstale atención cuando haga las cosas bien: debes estar atento a cualquier indicio de buena conducta y premiarlo con afecto y palabras de felicitación (cuando se trata de niños pequeños, éstas son más eficaces y beneficiosas que los premios materiales).
 
- No refuerces sus malos comportamientos prestándole atención cuando se comporte de forma inadecuada. Dale la orden una vez y hazle saber que no le harás caso hasta que haya hecho lo que le has pedido. Luego, ponte a hacer otra cosa sin atenderle y verás como -tras patalear o llorar durante un rato y a veces más fuerte de lo que lo estaba haciendo antes- se detendrá y vendrá a ti buscando tu atención. Justo cuando empiece a comportarse bien muéstrale tu satisfacción haciéndole caso. Es esencial que no cedas ante la rabieta por muy fuerte que esta sea, ya que estarías cayendo en la “trampa” descrita por Patterson y agravarías en problema. Es igualmente importante que las primeras veces practiques esto en sitios seguros en los que el pequeño no se pueda lastimar mientras no le prestas atención (por ejemplo: mejor empezar en casa que en una calle con coches cerca).
 
- Todos los adultos que eduquéis al niño debéis actuar de manera coherente, formando un equipo sin fisuras de forma que el pequeño perciba que debe comportarse igual de bien con todos vosotros, ya que si no es así perpetuará las malas conductas cuando se encuentre con aquellos adultos que no le pongan límites adecuados.
 
- Es importante usar más el premio que el castigo. Los niños, sobre todo los más pequeños, responden mejor a las alabanzas y la atención de sus padres que a los gritos y las amenazas, que además de dejar de ser eficaces con el tiempo, generan un clima emocional desagradable en el entorno familiar.
 
- Si en algún momento percibes que pierdes los estribos y te enredas emitiendo chillidos o malas palabras (algo comprensible y habitual) no te culpes, criar a un niño no es tarea fácil y todos a veces perdemos el control momentáneamente. Intenta detenerte unos segundos  y recuperar la calma: hacer unas cuantas respiraciones profundas (inspirar-retener el aire unos tres segundos-expirar lentamente) y utilizar frases mentales que te  tranquilicen te puede ser de gran ayuda. Recuerda que para que los niños aprendan a ser educados  y a auto-controlarse nosotros debemos ser su principal ejemplo, de manera que las correcciones que les hagamos deben estar siempre más motivadas por el deseo de aumentar su bienestar que por el de dar una vía de escape a nuestra propia ira o frustración.
 
- El gran trabajo y responsabilidad que implica la crianza de los hijos pueden hacer que a veces nos sintamos desbordados y un poco perdidos a la hora de afrontar los problemas cotidianos. Si este es tu caso no dudes en pedir la ayuda que necesites a tus allegados: recuerda que solicitar refuerzos en el momento adecuado no es un signo de debilidad, sino de madurez y responsabilidad. Si esto no fuera suficiente, un psicólogo infantil debidamente cualificado te proporcionará la orientación y recursos que necesites.
 
Muchos de los problemas de conducta graves que se presentan en la adolescencia son fruto de no haber establecido límites claros y coherentes durante la infancia, de forma el niño se convierte en un joven que no ha aprendido a controlar sus impulsos y a respetar las normas y a las personas que le rodean. Es por esta razón por la que es muy importante asegurarnos de inculcar hábitos y valores a los niños desde muy pequeños, ya que esto constituirá un factor de protección importante de cara a futuras alteraciones en la adolescencia: momento en el que el tratamiento, aunque posible y eficaz, resulta bastante más complejo.
 
Los padres y madres, al igual que nuestros hijos, no nacemos enseñados, de manera que es habitual y totalmente normal que a veces sintamos cierta inseguridad y desorientación sobre cómo manejar las situaciones en nuestra vida cotidiana. Ser conscientes de nuestras limitaciones y aceptarlas con naturalidad es el primer paso para poder crecer y mejorar como padres y hacer que la experiencia de crianza sea un regalo no sólo para nuestros pequeños, sino también para nosotros mismos. Los niños y niñas tienen la extraña habilidad de mostrarnos, si estamos atentos, una imagen nueva y sorprendente de nosotros mismos a cada paso. Este reflejo nos puede resultar más o menos agradable dependiendo del momento, pero siempre nos da la oportunidad de seguir conociéndonos y mejorando: este trabajo personal redundará, sin lugar a dudas, tanto en tu propio bienestar como un el de aquellos a los que más quieres.
 
Un buen padre y una buena madre no son aquellos que nunca cometen errores, sino aquellos que, por amor, anteponen el bienestar de sus pequeños a el suyo propio y trabajan con ilusión para ser un poquito mejores cada día.
 
 
VNP
Cómo ayudar a los más pequeños
martes 19 de abril de 2011