Víctimas invisibles
 
 
Afortunadamente, en estos últimos años ha habido un creciente interés por el tema de la violencia de género y de sus implicaciones tanto a nivel sanitario como en la esfera social. Sin embargo, la importancia dada a las repercusiones que tienen los maltratos en los hijos de estas mujeres continúa siendo escasa.
 
Estos niños, que suelen tener que presenciar situaciones y escenas que a muchos adultos nos costaría superar, y que a nivel legal no son considerados como víctimas del maltrato, a menudo son vistos como personas que sufren simples “daños colaterales”. Este hecho dificulta su correcta atención y llega, en algunos casos, a agravar las secuelas  de haber vivido en un entorno violento.
 
Esta situación resulta paradójica si tenemos en cuenta la evidencia científica acumulada sobre la influencia del maltrato en estos niños y niñas. Los estudios indican que los niños cuya madre es maltratada sufren secuelas muy parecidas a las que serían esperables si hubieran sido ellos las víctimas principales del maltrato. También apuntan a que vivir este tipo de experiencia es un factor de riesgo para desarrollar numerosas alteraciones psicológicas.
 
Hace ya años que sabemos que el desarrollo de las relaciones afectivas en la infancia tiene una importante influencia en el desarrollo cognitivo de los niños, así como en su posterior desempeño a nivel social. Esto hace necesario que debamos considerar a cualquier niño que viva en un hogar donde exista violencia como una víctima psicológica de la misma, puesto que esta vivencia puede tener implicaciones importantes en su desarrollo.
 
Estos niños, además, se ven a menudo obligados a adoptar distintos patrones de conducta para lograr sobrevivir en un medio hostil del que a menudo no pueden escapar. Pueden, por ejemplo, convertirse en niños sobreadaptados al entorno, teniendo actitudes excesivamente auto-controladas y maduras, portándose muy bien y pasando así desapercibidos. Muchos de estos niños sufren lo que en psicología llamamos un proceso de parentalización: pasan a adoptaar en la familia un rol parecido al de un padre o madre, siendo la mano derecha de la madre en la gestión de los problemas y actuando como protectores de la misma. Esto hace que se vean obligados a madurar precozmente para poder desempeñar funciones que no corresponden a una persona de su edad.
 
En otras ocasiones, los niños que crecen en hogares violentos se identifican con el agresor e imitan los patrones violentos de conducta que observan, aprendiendo que esa es una manera eficaz de relacionarse con los demás. Normalizar el maltrato o sentirse responsable del mismo son otras respuestas habituales en estos niños. Es también muy común que el niño entre en un proceso de triangulización, en el que se ve inmerso en un conflicto de lealtades al tener que decidir de parte de cuál de sus progenitores de sitúa.
 
Además de las respuestas comentadas hasta ahora, frecuentemente el malestar de estos niños se expresa también en forma de diversos trastornos psicopatológicos. Según los estudios, los hijos de mujeres víctimas de violencia de género presentan una mayor frecuencia de trastornos tanto internalizantes (depresión, ansiedad, timidez, retraimiento y somatizaciones) como externalizantes (trastornos de conducta caracterizados por peleas, desobediencia, rabia, agresividad y conducta delictiva). Es importante resaltar que el haber presenciado un maltrato psicológico grave (y no necesariamente físico) ha sido hallado como el principal factor de riesgo para el desarrollo posterior de dichas alteraciones. También se ha hipotetizado que las consecuencias emocionales que el maltrato tiene en la madre pueden hacer que ésta desarrolle  un vínculo de tipo inseguro con el niño: este tipo de vínculo supone también un factor de riesgo en el desarrollo de alteraciones psicológicas.
 
Todo esto no significa que el hecho de haber vivido en un hogar con violencia deba traducirse necesariamente en una infancia, adolescencia o edad adulta marcadas por la inestabilidad o las alteraciones psicológicas. Afortunadamente, son muchos los casos que nos demuestran que esto no siempre ocurre así. Sin embargo, estos datos sí deben alertarnos sobre la necesidad de tener presentes a los hijos e hijas de las mujeres maltratadas, conceptualizándolos también como víctimas del maltrato que merecen, por lo tanto, que su malestar sea cuidadosamente evaluado y atendido por profesionales cualificados.
 
Los equipos que atienden a estos niños y a sus madres están obteniendo resultados esperanzadores, recordándonos que una atención precoz puede ser eficaz para disminuir (e incluso evitar) trastornos y sufrimiento posteriores.  Una vez más, la evidencia nos conduce hacia la necesidad de invertir recursos en las actuaciones dirigidas a la prevención.
 
VNP
Víctimas invisibles
lunes 2 de julio de 2012