¿Evitar o VIVIR?
 
La tendencia de evitar el sufrimiento y aproximarnos a lo que nos hace sentir bien forma parte de nuestra condición como seres humanos. Puesto que todos deseamos ser felices, ésta motivación es algo natural y saludable que ayuda a nuestra supervivencia. No obstante, si nos aferramos a este patrón de forma rígida, un hecho tan natural puede empezar a tener importantes inconvenientes en nuestras vidas.
 
Vivimos supuestamente en la llamada “sociedad del bienestar”, en la cual se abandera la necesidad (e incluso el derecho) de estar siempre bien a todos los niveles: físico, emocional, material... Los mensajes culturales en este sentido nos bombardean sin cesar mediante medios como por ejemplo la publicidad. De esta manera, nuestra cultura ha llegado a establecer una equivalencia entre el sufrimiento y la enfermedad. Hemos llegado a creer que pasarlo mal es señal de que hay algo que no funciona correctamente en nosotros, como si hubiera algún tipo de problema que debamos resolver.  
 
De esta manera, a menudo clasificamos nuestros pensamientos, emociones y recuerdos como “buenos” o “malos” en función de si nos resultan agradables o molestos. Seguidamente es habitual que, siguiendo la lógica anterior, nos involucremos en acciones para conseguir “quitarnos de encima” los etiquetados como negativos.
 
No es raro que en este contexto se receten cada vez más fármacos ansiolíticos y antidepresivos, y que en ocasiones nos los ofrezcan cuando por ejemplo nos sentimos tristes porque hace poco hemos perdido a un ser querido, o nos han echado de forma inesperada del trabajo. Es como si, de alguna manera, se nos estuviera dando el mensaje de que experimentar determinados sentimientos es algo patológico que hay que frenar a toda costa. El resultado, por desgracia, es que muchas veces esto no nos permite vivir plenamente lo que nos toca vivir y, queriendo acelerar o esquivar determinados procesos emocionales, sólo conseguimos que éstos queden a medias y se acaben cronificando. Naturalmente, esto no significa que tomar medicación sea algo malo, ya que muchas veces es útil y puede ser de gran ayuda. Simplemente debemos reservar este valioso recurso para aquellos casos en los que sea realmente necesario.
 
Los psicofármacos no son la única estrategia que utilizamos para evitar sentirnos mal. Muy a menudo, sin darnos cuenta, emprendemos acciones dirigidas a deshacernos de determinados estados internos que nos resultan desagradables, como por ejemplo la ansiedad. De esta manera, algunas personas dejan de salir a la calle, de acudir a encuentros sociales e incluso de ir a trabajar para evitar contactar con ella. La tristeza y el sentimiento de soledad son otras de las emociones que a menudo evitamos: algunas personas que han sufrido un desengaño amoroso, por ejemplo, pierden oportunidades de volver a iniciar una relación por miedo a ser lastimados de nuevo. Otras personas intentan no experimentar la incomodidad que les genera entrar en conflicto con los demás, dejando de decir su opinión o defender sus intereses, implicándose así en relaciones abusivas en las cuales a menudo los demás se aprovechan de ellas. La sensación de vulnerabilidad o falta de control son también frecuentemente evitados, intentando por ejemplo planificar y controlarlo todo al detalle, sin dejar así lugar a la espontaneidad y cerrándose a lo que la vida nos depara.
 
Como hemos mencionado, esta tendencia a la evitación sólo resulta problemática en la medida en que nos empuja a descuidar lo que realmente nos importa en la vida, como pueden ser por ejemplo las relaciones familiares o íntimas, la salud, el trabajo o las actividades de ocio. La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), creada por Steven Hayes a finales de los 80, denomina a esta tendencia “Evitación experiencial destructiva”.  
 
La consideramos destructiva, entre otras cosas, porque si nos fijamos detenidamente en nuestra experiencia previa, a menudo no logramos deshacernos definitivamente de la ansiedad, la tristeza o los recuerdos dolorosos pese a todos nuestros esfuerzos. Es posible que los eventos internos desagradables se atenúen temporalmente gracias a nuestras estrategias evitativas, pero al cabo de un tiempo volvemos a encontrarnos con ellos.
 
Además, paradógicamente, suele ocurrir que cuanto más en lucha estamos con determinadas emociones, pensamientos o recuerdos, más presentes acaban estando éstos en nuestras vidas.
 
¡Es entonces cuando nos damos cuenta de que llevamos tiempo sacrificando lo que realmente nos importa, nuestros valores, para evitar sentir cosas que de todas maneras seguimos sintiendo!
 
Es posible que al tomar conciencia de esto nos sintamos profundamente torpes o desdichados, y tengamos la sensación de que nos hemos comportado de forma estúpida. En este momento es muy importante que recordemos que no somos nosotros los que no funcionamos, lo que realmente no funciona es la estrategia que hemos elegido para afrontar nuestro dolor. ¿Y qué hay que hacer cuando una estrategia no funciona? ¡Pues dejar de usarla y probar a hacer algo distinto!
 
Este cambio pasa por familiarizarnos con la idea de que no hay emociones buenas o malas en sí mismas, y que por lo tanto todas ellas forman parte de nuestra experiencia como seres humanos y tienen un sentido en nuestro desarrollo. Puesto que a menudo no podemos decidir libremente qué sentimos ni pensamos, intentar entrar en lucha con lo que ya nos está sucediendo suele ser un gasto de inútil de energía.
 
Puesto que lo que se resiste persiste, ocurra lo que nos ocurra, siempre será más llevadero si estamos dispuestos a experimentarlo en cierta medida, en aras a seguir con un rumbo congruente con nuestros valores personales. Si por no sentir determinadas sensaciones descuidamos lo que realmente nos importa en la vida, no sólo no conseguiremos librarnos de la experiencia, sino que además estaremos dejando que nuestros miedos conduzcan nuestra existencia.
 
Debemos, en definitiva, empezar a tomarnos la vida como si de un viaje apasionante se tratara. Cuando uno decide partir hacia un lugar desconocido, jamás puede tenerlo todo totalmente controlado, de manera que asume cierto riesgo ,sabiendo que algunas partes del camino le gustarán y que otras pueden resultar difíciles.
 
La vida, como los viajes, no puede vivirse con reservas. O se parte, o no se parte. Y una vez hemos partido, lo que ocurra en el camino no dependerá totalmente de nosotros.
 
Lo único que sí podremos decidir siempre es si seguimos avanzando hacia nuestro destino, lo que realmente nos importa, aunque eso implique embarrarnos los pies en algunos tramos.
 
 
VNP
¿Evitar o VIVIR?
martes 10 de diciembre de 2013