Miedo a cambiar
 
A veces nos encontramos con personas que llevan un estilo de vida que provoca sufrimiento a ellos mismos y a los suyos. A menudo,estas personas son conscientes de que su malestar se debe, en gran medidia, a la manera en como manejan sus vidas, pero es como si existiera una gran resistencia que les impidiera decidirse a modificarla. Esto puede hacer que las personas de su entorno las culpabilicen acusándolas de no querer cambiar, de no dar importancia al sufrimiento que generan en los demás y por lo tanto de ser seres egoístas y desconsiderados.
 
Sin embargo, como suele ocurrir con los juicios que emitimos sobre las intenciones de los demás, las cosas a menudo son más complejas de lo que imaginamos. Nuestra personalidad adulta es el resultado de múltiples ingredientes que se han ido plasmando en forma de hábitos durante varios años. Una vez establecidas estas costumbres es bastante difícil cambiarlas (aunque no es imposible).
 
Muchas veces, cuando un ser humano ya es consciente de que su malestar es consecuencia de su manera de afrontar los acontecimientos y no obstante no intenta cambiar es debido a que se ha acomodado -a menudo sin nisiquiera darse cuenta- en su manera tradicional de proceder. ¿Por qué ocurre esto? Es debido a que cuando hemos aprendido una manera de afrontar la vida (independientemente de lo adecuada o no que sea) ésta hace que nos sintamos seguros, a salvo.
 
Abandonar la manera en que uno se comporta implica situarse temporalmente en una posición de incertidumbre, implica adentrarse en terreno desconocido. Esto, lógicamente, a menudo nos genera ansiedad. Este miedo viene dado porque nos hemos identificado con nuestra forma normal de proceder, es decir, nos definimos a nosotros mismos en base a ella. Cuando esto ocurre, el hecho de intentar cambiar nuestros hábitos implica redefinir nuestra identidad: deconstruir la propia identidad requiere una dosis de valentía y seguridad en uno mismo de la que desgraciadamente no todo el mundo dispone.
 
Sin duda, todo esto no significa que las personas no seamos responsables de nuestros actos y transformaciones, pero sí nos puede ayudar a dejar de buscar culpables en nosotros mismos y en los demás. Nos puede ayudar a mirar a los demás y a nosotros mismos a los ojos y decirnos: “Hola, veo que estás en este punto del camino. Veo que a veces sufres y te desorientas, veo que tu desorientación también afecta a otros pero no te preocupes, comprendo que eres un ser capaz en potencia de seguir avanzando y que ni yo ni nadie te va hacer ir más a prisa de lo que vas, así que tranquilo, tómate el tiempo que necesites.”
 
Este acto de humildad, de no juzgarnos ni juzgar, aunque es complicado al principio nos libera y libera a los demás de un gran peso añadido. Nos proporciona la paz del que sabe que las cosas no se deben forzar y que todo sucede como debe suceder. Como dice una canción que oí de niña:
 
¿No es cierto que ha sido el agua que danza y sonríe -y no un golpe de martillo- la que ha ido alisando lentamente el canto rodado del río?
VNP
Miedo a cambiar
domingo 18 de abril de 2010