Cómo manejar la hipocondría
 
La hipocondría consiste básicamente en un miedo a padecer (o convicción de padecer) una enfermedad grave. Este temor suele desencadenarse por la manera en como la persona interpreta determinadas sensaciones físicas, y persiste aunque el médico realice las exploraciones pertinentes y le explique de forma adecuada que en realidad no existe ninguna afectación por la que preocuparse.
 
Se estima que el porcentaje de la población general afectada por este trastorno oscila entre el 1 y el 5%. La elevada ansiedad generada por esta alteración suele tener un fuerte impacto en el bienestar de las personas, impidiéndoles a menudo disfrutar plenamente de sus vidas. Muchos de los individuos con hipocondría presentan, además, síntomas depresivos.
 
Desgraciadamente es todavía muy habitual que los individuos con hipocondría pasen varios años “saltando” de especialista en especialista hasta que se les realiza  correctamente el diagnóstico. Este hecho hace que a menudo se lleven a cabo actuaciones médicas que, sin querer, contribuyen a la cronificación del problema.
 
El primer paso para poder manejar correctamente la hipocondría consiste en intentar comprender cuáles son los factores que contribuyen a su gestación y mantenimiento. Para llevar a cabo esta labor es importante que tengamos en cuenta que en la actualidad la mayoría de expertos defienden que la hipocondría es una trastorno multicausado, lo cual significa que probablemente no tiene una única causa sino que más bien es fruto de la combinación de varias condiciones. También debemos tener en cuenta que estas condiciones no siguen una secuencia fija y ordenada (aunque a veces lo expliquemos como si así fuera para facilitar su comprensión) sino que más bien se trata de varios procesos paralelos con adelantos, retrocesos, y procesos circulares constantes.
 
Warwick y Salkovskis propusieron, en 1990, un modelo que intenta sintetizar la influencia de varios de los factores implicados en este desorden. Estos autores nos explican que a menudo (aunque no en todos los casos) las personas que padecen hipocondría han tenido algún tipo de experiencia previa con el mundo de la enfermedad. Ésta puede haber consistido en una enfermedad propia o familiar, en haber sido víctima o haber presenciado un error médico, o en haber recibido mensajes negativos sobre el tema. Esta experiencia previa contribuye a la formación de determinadas creencias o supuestos distorsionados sobre la enfermedad y sus consecuencias. En el momento en que la persona experimenta un incidente o síntoma que sugiere enfermedad estos supuestos se activan, haciendo que la mente del individuo se vea inundada por pensamientos e imágenes automáticos (tan rápidos que suelen pasarnos desapercibidos), la cual cosa genera un aumento de la ansiedad y de los sentimientos de ira y tristeza.
 
Este aumento del malestar emocional provoca numerosos cambios en las distintas facetas de la persona. A nivel cognitivo se produce una tendencia a focalizar la atención en las sensaciones corporales, de manera que la percepción de éstas se amplifica. Esto hace que el individuo perciba cambios corporales normales que suelen pasarnos desaprecibidos (como ligeros cambios en la temperatura corporal o sensaciones gástricas normales) y los interprete como signos de patología. Además la persona suele tener más tendencia en fijarse en la información de tipo angustiante, mientras que ignora la de carácter positivo. Así mismo, se produce un aumento de la preocupación entorno a la idea de que se padece una enfermedad grave. El aumento de la ansiedad provoca un incremento general de la activación del organismo, la cual cosa puede producir algunos cambios de las funciones corporales y dificultades para dormir: cosa que también puede ser interpretada por al persona como signo de que algo en el cuerpo no funciona como debería.
 
La forma de actuar del individuo también sufre cambios importantes. Uno de estos suele consistir en dejar de hacer determinadas actividades que se consideran “de riesgo”, con la finalidad de prevenir o evitar que los supuestos síntomas se agraven (evitaciones). Otras conductas habituales son las de autoinspección, consistentes en comprobar repetidamente diversos patrones corporales o manipular una y otra vez el área del cuerpo supuestamente afectada por la enfermedad. La ansiedad suele llevar también a las personas a buscar información sobre los síntomas en libros o internet. Las visitas repetidas al médico, el auto-medicarse o las preguntas constantes a los familiares en busca de frases tranquilizadoras también son habituales.
 
Pongamos un ejemplo que nos ayude a identificar los distintos factores expuestos hasta el momento. Imaginemos el caso de Carlos, un hombre de 35 años afectado de hipocondría. Carlos, hasta el momento,  siempre ha gozado de buena salud. Nunca ha tenido grandes problemas relacionados con la enfermedad, aunque sí recuerda que su madre se angustiaba mucho cada vez que ella o alguien de la familia se ponía enfermo y solía expresar estos miedos llevándolos muchas veces al médico y haciendo comentarios sobre las múltiples enfermedades y sus peligros (experiencia previa con la enfermedad). Esto, junto con otras vivencias previas, ha hecho que Carlos forje en su mente algunas creencias básicas (en gran medida inconscientes) del tipo: “el cuerpo es algo muy frágil”, “el mundo es un lugar peligroso”, “la muerte es algo inminente que debemos evitar a toda costa”, “intentar tenerlo todo controlado puede ayudarnos a reducir la sensación de incertidumbre” (supuestos o creencias básicas). Un día Carlos se entera de que uno de sus antiguos compañeros de escuela, que llevaba una vida saludable y parecía tener buen aspecto, ha fallecido repentinamente de un ataque al corazón (incidente o síntoma relacionado con la enfermedad). Esto hace que las creencias o supuestos subyacentes se activen, de manera que la mente de Carlos empieza a verse inundada por las siguientes cogniciones: “¿cómo puede ser que le haya pasado esto, si era un chicho muy sano?”, “eso significa que todos somos vulnerables”, “seguramente tuvo algunos síntomas de aviso y pensó que no eran importantes y no fue al médico”, “debo asegurarme de que todo está correcto en mi cuerpo o me ocurrirá lo mismo”, “¿qué harán mi mujer y mi hija si yo fallezco, qué sería de ellas?” ... (pensamientos automáticos negativos).
 
A raíz de estos pensamientos la ansiedad aumenta y empieza a provocar cambios en el organismo de Carlos. Fruto del miedo empieza a observar cuidadosamente cualquier pequeño cambio que se produce en su cuerpo, con el objetivo de poder detectar la más mínima alteración y poder actuar en cosecuencia (focalización de la atención en los cambios corporales). Esto hace que sea muy consciente de que su corazón empieza a latir más fuerte y rápido, empieza a notar sensación de opresión en el pecho y una ligera dificultad para respirar (aumento del arousal, cambios en las funciones corporales). Fruto de estos cambios Carlos empieza a decirse a sí mismo: “algo malo me está ocurriendo”, “esto no es normal”, “mi corazón no está bien, probablemente se trate de un ataque”, “si no hago algo moriré dejando sola a mi familia” (aumento de la preocupación sobre la salud).
 
Toda esta angustia hace que Carlos empiece a hacer cambios en su conducta. Decide hacer una visita a urgencias, donde lo exploran y le dicen que todo está correcto y que probablemente se trate simplemente de  síntomas de ansiedad (visitas al médico, búsqueda de tranquilización). Esto, aunque en un primer momento lo tranquiliza, acto seguido lo vuelve a angustiar, pues piensa que seguramente la exploración no ha sido lo suficientemente rigurosa y que al médico se le está pasando por alto algo importante (atención selectiva a la información negativa, tendencia a ignorar la información positiva). Carlos empieza a tomarse el pulso varias veces al día, contando sus pulsaciones para asegurarse de que éstas no sobrepasan cierto ritmo que él considera saludable (autoinspecciones). Deja además de ir al gimnasio para “no forzar” su corazón y evita hacer esfuerzos cotidianos como subir las escaleras o levantar peso con el mismo objetivo (evitaciones). Cada vez que percibe un nuevo “síntoma” entra en internet para buscar información sobre los posibles significados del mismo: habitualmente acaba hallando una larga lista de posibles enfermedades graves que hace que se angustie todavía más (búsqueda de información sobre enfermedades). Todo esto también empieza a afectar a sus relaciones con los demás. Cada vez que alguien habla sobre algo relacionado con la enfermedad o la muerte Carlos le hace una especie de interrogatorio sobre síntomas y signos de alarma para compararlos con los que él experimenta. Su mujer, además, empieza a estar cansada al ver que sus esfuerzos por intentar tranquilizar a su marido no sirven de nada.
 
Cuando las personas con hipocondría entran en esta especie de círculo de ansiedad y preocupación les resulta muy difícil salir de él. Algunas personas con este trastorno son conscientes de que a menudo su preocupación sobre la salud es exagerada, pero este hecho, aunque ayuda, a menudo no es suficiente para lograr cambios relevantes.
 
Una vez hemos entendido cómo se mantiene el trastorno debemos plantearnos qué cambios podemos efectuar para conseguir que la ansiedad disminuya y la hipocondría no inunde por completo la vida de la persona.
 
Es importante tener en cuenta que la mayoría de las reacciones que tienen las personas ante la ansiedad son precisamente las que, sin querer, hacen que ésta se perpetúe y aumente.
 
La evitación de determinadas actividades por miedo a “empeorar los síntomas”, las autoinspecciones, la manipulación repetida de la zona afectada, la búsqueda de información, las constantes visitas al médico y la búsqueda de tranquilización son acciones que la persona lleva a cabo en un intento de que el malestar cese. Sin embargo, si lo analizamos detenidamente, veremos como todos estos cambios en la conducta consiguen a veces reducir un poco la ansiedad, pero siempre lo hacen de forma muy fugaz. Estas reacciones, además, impiden que la persona experimente que en realidad sus temores son infundados. Por ejemplo, si yo dejo de hacer ejercicio por miedo a que mi corazón se acelere demasiado y se pare estoy impidiendo que mi organismo experimente que este temor no tiene una base real. Cada día que no voy al gimnasio y no me da un ataque al corazón le estoy enviando el siguiente mensaje a mi cerebro: “no he tenido un paro cardíaco porque no he forzado el corazón, si lo hubiera forzado haciendo ejercicio lo hubiera tenido”. Lo mismo pasa con todas las demás conductas de seguridad: si cada vez que encuentro un “síntoma” voy al médico a que me diga que no tengo nada en un primer momento me tranquilizaré pero luego empezaré a dudar de nuevo y pensaré además que si no hubiera ido a hacerme el chequeo algo se me hubiera pasado por alto y no podría haber detectado la “enfermedad” a tiempo. Vemos pues como las conductas hipocondríacas no hacen más que alimentar el problema, de manera que no sólo no disminuyen de forma duradera la ansiedad sino que además hacen que ésta aumente y se mantenga.
 
El primer paso en el tratamiento del trastorno, tras la comprensión del mismo, deberá ir dirigida a ir abandonando de forma paulatina estas conductas. En la mayoría de casos es útil combinar estos cambios con la práctica de la relajación y el cuestionamiento de las ideas distorsionadas que acompañan al problema.
 
Si padeces de hipocondría o tienes algún ser querido con este problema intenta procesar la información anterior y analiza si te identificas con lo expuesto hasta ahora. Si es así, recuerda que se trata de un trastorno que puede llegar a interferir mucho menos en tu vida con la ayuda adecuada. Intenta, en un primer momento, estar especialmente atento a cómo se sucede el ciclo de ansiedad que hemos explicado. Al principio no intentes cambiar nada, simplemente céntrate en identificar (como hemos hecho en el ejemplo de Carlos) cuáles son los pensamientos negativos, cuáles las conductas de autoinspección, y así sucesivamente. Observa tú mismo si las conductas hipocondríacas te ayudan eficazmente a reducir la ansiedad  de forma duradera. Si la respuesta es no, plantéate la posibilidad de dejar alguna de las conductas mantenedoras. Si intentas hacerlo es muy probable que experimentes en un primer momento un aumento de la ansiedad, puesto que estarás enfrentándote a tus mayores temores. Sin embargo,  si perseveras en ello, observarás como ésta irá disminuyendo a medida que vayas dándole a tu cerebro la oportunidad de experimentar que no ocurre nada aunque no lleves a cabo conductas evitativas o de seguridad. La ansiedad, como sabemos, acaba disminuyendo por si sola aunque no hagamos nada para que se vaya (para comprender mejor esta idea quizás te sea de utilidad repasar el texto sobre Los ataques de pánico publicado anteriormente).
 
Si todo esto te resulta demasiado complejo no te preocupes, no siempre nos podemos enfrentar a los problemas totalmente solos en un primer momento. Simplemente concentra tus energías en comprender mejor qué te está ocurriendo y, si lo consideras oportuno, busca ayuda de un profesional de la psicología clínica para que te oriente en el camino.
 
La mejoría de la hipocondría es posible con esfuerzo y perseverancia y las ayudas apropiadas, recuerda que lo más importante es empezar a caminar en la dirección correcta y no desanimarse. Como siempre, el cambio es posible y está en tus manos.
 
 
VNP
 
 
 
Cómo manejar la hipocondría (y evitar que ella te maneje a ti)
miércoles 26 de diciembre de 2012