Tiempo finito como despertador
 
De sobras es sabido por todos que el carácter finito de la vida es algo de lo que no se habla comúnmente en nuestra sociedad, pasando a ser la muerte una especie de tabú que sólo sale a la luz cuando no queda más remedio.
 
Este hecho tiene, sin duda, importantes repercusiones en cómo manejamos nuestro día a día. En un mundo en el que la enfermedad, el dolor y la muerte son escondidos mientras se exalta la belleza y la juventud hasta cotas casi obsesivas, resulta relativamente fácil hacer “oídos sordos” a una realidad que tarde o temprano todos tendremos que afrontar.
 
Al sacar esta cuestión a colación, la reacción de muchas personas suele ser “tocar madera” y no hablar del tema, como si el hecho de hacerlo fuera a atraer a la mala suerte o algo semejante. Otros esquivan la conversación argumentando que no hay que pensar en cosas “tristes” y que hay que “disfrutar de la vida”.
 
En vez de juzgar como buenas o malas estas reacciones, intentemos comprender las creencias en que se basan. Una de estas ideas subyacentes es que tener presente que nuestro paso por este mundo no es eterno es incompatible con disfrutar de la vida.
 
¿Es cierta esta afirmación?
 
No son pocos los casos de personas que, encontrándose próximos a la muerte, afirman haber  hallado el verdadero sentido a sus vidas y haber vivido sus últimos meses o años de forma mucho más plena de lo que lo habían hecho a lo largo de toda su existencia.
 
¿Cómo es eso posible?
 
Seguramente sea debido a que, al ser realmente conscientes de que su tiempo en esta vida era finito, aprendieron a valorar cada segundo, a discernir entre lo realmente importante y lo que no lo es dejando de malgastar energía en esto último, y quizá hasta pudieron conectar con esa parte de ellos que iba a permanecer aquí tras su último suspiro.
 
Evidentemente, este texto no pretende ser una invitación a pensar continuamente en la muerte, ya que esto podría resultar contraproducente e incluso patológico. Sin embargo, sí es una llamada a ser conscientes de que, aunque a menudo nos lo parezca (sobre todo a los más jóvenes) las etapas que estamos viviendo no durarán para siempre. Esto es así, nos guste o no, de manera que no resulta demasiado funcional luchar o patalear para intentar cambiarlo. Lo que sí podemos hacer es preguntarnos si podemos extraer de esta realidad algún elemento que nos ayude a manejar mejor nuestro presente.
 
A menudo nos comportamos como si siempre fuésemos a tener un momento posterior para corregir nuestros errores, pedir perdón, reconciliarnos con aquellos con los que hemos reñido, o emprender aquél proyecto con el que siempre soñamos. Quizá el ser realmente conscientes de que nuestro tiempo es finito nos ayude a valorar y disfrutar cada minuto, a no postergar más lo que realmente importa.
 
Se trata simplemente de que no esperemos a que la vida se nos esté a punto de terminar para aprender a vivir.
 
La etapa en las que te encuentras ahora no va a durar para siempre, así que disfrútala, valórala, sé consciente de qué está ocurriendo. No pierdas este maravilloso instante pensando en lo que pudo ser y no fue, ni en lo que quieres que sea y aún no es. Asegúrate de mostrarte a los demás dando lo mejor de ti, comportándote como te gustaría que te recordaran para siempre. Atiende a las pequeñas cosas como si fuera tu última oportunidad para experimentarlas: cada caricia, conversación, sonrisa, mirada, comida...el sol en la cara, un vaso de agua...recuerda que son las cosas sencillas las que nos hacen sentirnos vivos.
 
En definitiva:
 
¡¡¡DESPIERTA!!! no dejes que la vida te pase desapercibida.
 
VNP
Tiempo finito como despertador
viernes 7 de mayo de 2010