Desarmar la preocupación
 
Tal y como indica el propio término, “pre-ocuparse” consiste centrar nuestra atención en algo antes de que suceda o exista. Éste hábito está muy arraigado en la vida de un gran número de personas, que acaban utilizando la preocupación como una manera habitual (aunque ineficaz) de afrontar el estrés. En ocasiones ocurre además que las preocupaciones pasan a tener una especie de “vida propia” que hace que seamos casi incapaces de detenerlas cuando detectamos que nos están causando problemas.
 
Aunque la mayoría de personas que se preocupan admiten que este hábito les reporta más problemas que ventajas, la preocupación no suele ser combatida de forma firme. Esta paradoja nos lleva a preguntarnos: ¿Por qué nos preocupamos?
 
Borkovec da una interesante respuesta a esta cuestión. Según él, centramos nuestra atención en las preocupaciones (frases angustiosas) con el fin de evitar enfrentarnos a las imágenes mentales de lo que tememos, ya que éstas nos generarían aún más ansiedad que las preocupaciones. Imaginemos que nuestra hija adolescente ha salido de marcha con sus amigos y ya hace más de tres cuartos de hora que debería haber llegado a casa. Seguramente, como padres nos empezarían a venir imágenes horribles a la cabeza, como por ejemplo la de nuestra hija siendo raptada o agredida por alguien en plena noche. Según el autor, nuestra mente genera las preocupaciones para desviar nuestra atención de estas imágenes, ya que aunque frases del tipo “¿Y si le han hecho daño?” nos generan ansiedad, ésta es siempre menor que la causada por la imaginación.
 
Dicho esto, podríamos pensar que las preocupaciones son al fin y al cabo útiles y recomendables. Sin embargo, debemos tener en cuenta que, aunque pueden reducir nuestra ansiedad a corto plazo, el pensar varias veces en algo hace que estos pensamientos vengan a nuestra mente cada vez con más facilidad, de manera que entramos en un círculo vicioso que acaba provocando un aumento exponencial de la ansiedad que hace de la preocupación una estrategia tremendamente ineficaz para afrontar el estrés.
 
La no aceptación de la incertidumbre es otro de los factores que, complementando al anterior, nos ayuda a comprender en profundidad el hábito de la preocupación. Desde pequeños nos han enseñado las ventajas que supone poder predecir lo que ocurrirá: miramos el parte metereológico antes de programar una excursión, nos interesamos por saber el sexo de nuestro futuro bebé antes de que nazca, estamos pendientes de las estimaciones que hacen los expertos sobre la progresión de la economía, escuchamos atentamente los rumores que circulan por nuestra empresa sobre posibles reestructuraciones de plantilla o despidos...
 
Aunque la inmensa mayoría de veces no tenemos certeza de la veracidad de las predicciones, poseer todos estos datos nos proporciona cierta sensación de control sobre el devenir, cosa que nos hace sentir mucho más seguros. Los problemas empiezan cuando topamos con situaciones sobre las que no tenemos información exterior que nos ayude a saber qué pasará, de manera que nos sentimos profundamente desprotegidos. Nuestra mente, al percibir esta angustia, empieza a fabricar ella misma esa información, generando un sinfín de datos sin base real alguna. Es entonces cuando podemos observar que incluso preferimos pensar que  las cosas van a salirnos mal, que aceptar que no tenemos ni idea de lo que va ocurrir.
 
Teniendo en cuenta todo esto, podemos concluir que un paso indispensable para combatir las preocupaciones es que aceptemos desde lo más profundo de nuestro ser que muchas veces no podremos predecir lo que ocurrirá en el futuro. En el momento en que hayamos hecho este ejercicio, dejaremos de intentar controlar de forma compulsiva el futuro en aquellas situaciones en las que esto no sea posible, abriéndonos así a la vida y a las experiencias que ésta nos depare. Aceptar la incertidumbre no implica no hacer nada para dirigir nuestras vidas, sino aprender a discernir entre las situaciones sobre las que podemos actuar y las que demandan de nosotros simplemente paciencia, esperanza e incluso cierta dosis de fe.
 
Esta opción se presenta como una saludable alternativa a la preocupación, la cual no hace más que agotar nuestra energía ocupando nuestra mente en la elaboración de desenlaces y argumentos imaginarios que la inmensa mayoría de veces no llegan a acontecer jamás. Lo que sí es totalmente real, sin embargo, es la ansiedad y malestar que este hábito nos genera.
 
Dejar de luchar contra el carácter impredecible del futuro nos da la oportunidad de vivir este aspecto de una manera que puede llegar a parecernos incluso atractiva, ya que seguramente la vida nos resultaría mucho menos estimulante si conociéramos todos los detalles sobre nuestro futuro.
 
¿Dónde quedaría entonces la magia, la sorpresa, los caminos inesperados de la vida que muchas veces terminan por ser estimulantes y beneficiosos?
 
VNP
Desarmar la preocupación
domingo 30 de enero de 2011