Los ataques de pánico
 
Los ataques de pánico son episodios bruscos de miedo intenso acompañado de algunos de los siguientes síntomas: palpitaciones, sudor, temblores o sacudidas musculares, sensación de asfixia, dolor o molestia en el pecho, náuseas o malestar abdominal, sensación de mareo o pérdida de consciencia, sensación de irrealidad del entorno o del propio yo, miedo a perder el control o a volverse loco, miedo a morir, sensación de adormecimiento o cosquilleo en las extremidades y ráfagas de frío o calor.

Esta ansiedad suele llegar a su punto máximo una vez transcurridos aproximadamente diez minutos desde le inicio del ataque; después de este momento la angustia disminuye de forma gradual hasta que se vuelve a un estado de normalidad. Se calcula que casi un cinco por ciento de la población sufre ataques de pánico recurrentes, dato que hace que el correcto diagnóstico y tratamiento de este desagradable desorden sean de vital importancia.

Una de las preguntas que suelen formularse las personas que sufren ataques de pánico es: ¿por qué me ocurre esto? Esta cuestión es debida principalmente a que, contrariamente a lo que podríamos llegar a pensar, es muy habitual que el primer ataque tenga lugar en situaciones en que no sería esperable un alto grado de ansiedad (mientras uno está en casa mirando la televisión, por ejemplo).

Varios estudios han intentado responder esta pregunta, hallando que algunas veces existe  cierta predisposición genética que explicaría en parte el inicio de los síntomas. Sin embargo, estos mismos estudios han hallado que el curso que sigan los ataques (si se repiten o no, y con qué frecuencia) depende en gran medida de cómo gestione la persona y su entorno el problema. Es en este sentido en el que resulta crucial comprender cómo funciona este desorden, ya que esto nos permitirá hacer todo lo que esté en nuestra mano para que un episodio aislado no se acabe convirtiendo en múltiples ataques que afecten de forma importante al desarrollo de nuestra vida cotidiana.

Si bien el primer ataque suele ser inesperado, los siguientes acostumbran a estar facilitados por una serie de actitudes y cambios de hábitos que adopta la persona por miedo a que los síntomas se repitan. Estas actitudes, paradójicamente, suelen provocar un efecto contrario al pretendido.

Puesto que el ataque de angustia constituye una experiencia extremadamente desagradable, nuestro cerebro grava las características de la situación en la tuvo lugar. Esta especie de memoria biológica es un mecanismo adaptativo muy antiguo que ha posibilitado durante muchos años la supervivencia de nuestra especie, impidiéndonos olvidar cuales son las situaciones peligrosas, con el fin de evitar acercarnos de nuevo a ellas.
 
Sin embargo, en lo que a ataques de pánico se refiere, este valioso recurso nos juega malas pasadas. Decimos esto porque tras el primer ataque, se establece una fuerte asociación entre los síntomas de angustia que tuvieron lugar durante el episodio, y las características de la situación. Esta conexión involuntaria suele hacer que sintamos una gran ansiedad ante contextos parecidos a los que nos rodeaban en el momento del episodio. Otra consecuencia muy frecuente de estas asociaciones es que se sienta mucho miedo ante signos físicos parecidos a los generados por la ansiedad: así uno puede, por ejemplo, asustarse cuando su corazón late acelerado tras hacer ejercicio físico, ya que esto recuerda a la taquicardia presente durante el ataque. Este tipo de aprendizajes complican extremadamente el cuadro, ya que acaban por afectar no sólo a las situaciones anteriormente citadas, sino también a otras que se perciban como parecidas a las primeras.
 
Es importante tener en cuenta que lo que realmente determina el agravamiento del cuadro es la manera en que la mayoría de personas suelen afrontar estos miedos condicionados: la evitación. Ésta consiste en dejar de hacer aquellas actividades que uno hacía antes de la aparición de los síntomas por miedo a que éstas desencadenen nuevos ataques. Es muy habitual que tras el primer episodio las personas cambien sus costumbres, evitando por ejemplo quedarse solos o acudir a sitios en los que resultaría embarazoso o difícil conseguir ayuda en caso de que un nuevo ataque tuviera lugar. Cuando esta evitación se vuelve excesiva y va acompañada de un intenso temor a sufrir otros episodios, decimos que una agorafobia se ha superpuesto al desorden por ataques de pánico.
 
Cuando se dan estos casos suele ser necesario solicitar ayuda profesional, ya que si no, es habitual que los miedos de las personas aumenten, de manera que cada vez se eviten más y más situaciones. El alejarse de las situaciones temidas impide experimentar la inofensividad de las mismas, de manera que se alimenta la falsa creencia de que determinados contextos o actividades son realmente peligrosos. A estos pensamientos suelen añadirse los referentes al peligro para salud de los síntomas de angustia: muchas personas piensan erróneamente que la intensa ansiedad que sufren durante los ataques les puede provocar un ataque al corazón, la muerte o un estado permanente de locura. Estas cogniciones catastróficas no hacen más que hacer que la ansiedad del ataque aumente aún más y tarde más en desaparecer, acentuando así el sufrimiento.
 
Si alguna vez has tenido un ataque de angustia o conoces a alguien que lo haya sufrido, debes saber que - aunque se hacen eternos para quien los sufre-  éstos suelen ser de corta duración (entre diez y cuarenta minutos). Es importante tener esto en cuenta, ya que en contra de lo que podríamos pensar, la ansiedad siempre acaba disminuyendo y no provoca secuelas como ataques cardiacos o locura. Una manera importantísima de romper o ni siquiera iniciar el círculo vicioso antes expuesto, es que no sucumbas ante el impulso de evitar o cambiar tus costumbres tras el primer ataque. Si logras esto, podrás darte la oportunidad de comprobar que las situaciones que te lo parecen no son realmente peligrosas, y que el principal causante de los ataques de pánico recurrentes es precisamente el miedo a tener otros ataques. Es también muy importante que detectes e intentes controlar tus ideas irracionales sobre la peligrosidad de los síntomas de ansiedad exponiéndote a ellos en vez de evitarlos, observando así como es totalmente normal que a uno se le acelere un poco el corazón o la respiración de vez en cuando, y que esto no tiene en absoluto consecuencias negativas.
 
Si ves que al principio te resulta muy complicado seguir estas pautas en solitario, no dudes en pedir ayuda a un profesional de la salud mental debidamente cualificado, y él te aplicará una terapia coherente y eficaz en la linea de lo anteriormente expuesto. En los casos más graves (que no son la mayoría) puede ser necesario el uso inicial de fármacos ansiolíticos (reductores de la ansiedad). Sin embargo, debes tener en cuenta que éstos deben ir siempre acompañados de un trabajo terapéutico, ya que constituyen una buena opción de contención de la ansiedad al principio, pero a la larga no curan por si solos los ataques y comportan además desagradables efectos secundarios.
 
VNP
Los ataques de pánico
martes 15 de marzo de 2011