Polaridades y autoconcepto
 
En nuestro intento de comprender el mundo, uno de los elementos que suele llamarnos más la atención es la exploración de nuestro propio funcionamiento. Algunos de los mecanismos que ponemos en marcha a la hora de intentar conocernos a nosotros mismos, son similares a los que activamos en la exploración de la realidad que nos rodea. Así, por ejemplo, el tener una idea mínimamente clara y estable de cómo somos nos permite predecir nuestro propio comportamiento, la cual cosa hace que a menudo sintamos mayor seguridad.
 
Para que este proceso pueda tener lugar, vamos construyendo, desde la infancia, una imagen de nosotros mismos. Estas ideas sobre “cómo creo yo que soy” constituyen lo que solemos llamar autoconcepto.  En la elaboración de este producto mental, solemos tender a la simplificación de manera similar a la que usamos al referimos a la realidad exterior. Es importante tener en cuenta, sin embargo, que en este proceso intervienen de forma relevante factores emocionales que van más allá de la búsqueda de un ahorro en el uso de nuestros recursos cognitivos. Esto hace que el hecho de que la construcción de nuestro autoconcepto tome uno u otro curso no suele ser casual.
 
Uno de los procesos que tienen lugar en la formación del mismo, es la separación de los atributos en polaridades: esto significa que a la hora de describirnos a nosotros mismos organizamos las posibilidades usando parejas de opuestos del tipo: sociable-tímido, humilde-orgulloso, egoísta-generoso, inteligente-tonto, buena persona-mala persona, etc. A continuación, asociamos cada polo a una carga afectiva positiva o negativa, de manera que etiquetamos  un polo como “deseable o bueno” o “no deseable o malo”.
 
Posteriormente a esta organización, solemos identificarnos con uno de los polos o extremos, y nos alejamos o rechazamos el otro. Podemos concluir, por ejemplo, que  somos generosos y que esto significa que no somos egoístas. Esta identificación con uno de los extremos de la polaridad nos proporciona cierta sensación de seguridad, es como si en algún rincón de nuestro ser una parte de nosotros exclamara con alivio: “¡ya sé quién soy!”.  
 
Puesto que el proceso de identificación o apego a uno de los polos es algo paulatino y suele pasarnos desapercibido, acabamos creyendo casi ciegamente que tanto lo que somos como lo que no somos se corresponde perfectamente con la idea que hemos construido al respecto. Vemos, una vez más, como la identificación con los productos de nuestra mente hace que ni tan sólo nos planteemos la posibilidad de cuestionarlos.
 
Las dificultades acostumbran a surgir cuando nos topamos de frente con el orden real de las cosas y vemos que éste se organiza formando un conjunto holístico en el que cada uno de los polos no puede existir sin su opuesto. Si prestamos atención, podremos observar este fenómeno en nuestra realidad cotidiana. Observemos detenidamente a las personas que nos rodean o a nosotros mismos en el pasado: ¿existe alguien que pueda situarse únicamente en uno de los polos el cien por cien de las veces y sin rozar jamás el otro? ¿podemos ser absolutamente siempre y en todas las circunstancias generosos, o amables, o fuertes, o responsables o inseguros?
 
Si nos comprometemos a responder honestamente esta pregunta, nos daremos cuenta de que en algún momento, por muy breve y esporádico que sea este, como mínimo pasamos de puntillas por el polo que se opone al que nos identificamos. Y, si no lo hemos hecho todavía, es muy probable que en algún instante de nuestras vidas nos ocurra.
 
Es habitual que cuando la vida nos lleva a experimentar el extremo de la polaridad que nos hemos negado, nos llevemos un buen susto. De hecho, muchas de las crisis emocionales profundas tienen que ver con este fenómeno: “yo, que me creía fuerte, de repente me siento muy vulnerable”, “yo, que me creía amable, de repente percibo una fuerte rabia contra alguien o algo”, “yo, que me creía centrado y racional, de repente siento que he perdido el control”, “yo, que me creía autosuficiente e independiente, de repente veo que me desestabilizo si me abandonan”... Ocurre entonces que uno siente como si el suelo que hasta ahora lo sustentaba hubiera cedido de forma inesperada, y la afirmación segura de “ya se quién soy” simplemente se esfuma.
 
Si te apetece, una vez superada la sensación inicial de vértigo que esto produce, o incluso antes de que esta tenga lugar, puedes decidirte a explorar tu verdadera naturaleza. Tomar esta decisión implica, en un primer momento, estar dispuesto a salir de la zona segura para adentrarte en lo que en un principio es terreno desconocido aún por explorar.
 
El primer paso del camino es identificar aquellas polaridades que son importantes en tu autoconcepto y ver con qué polos te has ido identificando a lo largo de los años y cuáles has rechazado. A continuación, puedes intentar buscar momentos de tu vida que evidencien que los extremos rechazados están también presentes, aunque de forma quizás atenuada, en tu comportamiento. También puede resultarte útil prestar atención al hecho de que a menudo solemos prestar más atención a la información que confirma nuestras ideas preconcebidas sobre nosotros mismos, mientras que tendemos a ignorar la que las desmiente. Todo esto te ayudará a ir flexibilizando progresivamente la manera que tienes de concebirte a ti mismo y estar abierto a poder decidir libremente si deseas o no dar espacio a dichos extremos en tu vida.
 
Puesto que ambos extremos están presentes en todos nosotros, el rechazo o negación de uno de ellos nos generará rigidez y sufrimiento, ya que únicamente nos permitiremos tener una conducta que se ajuste a una de las polaridades.
 
Es importante tener presente que la aceptación de ambos extremos de la polaridad no significa que no puedan existir tendencias hacia uno u otro extremo, ni que debamos  obligatoriamente perseguir la manifestación de ambos en igual medida. Por ejemplo, puedes concebir la generosidad como un valor importante en tu vida a la vez que reconoces que en determinados momentos sientes egoísmo. Puesto que ese egoísmo es algo que ya existe, su aceptación no hará que este se acrecente, simplemente te permitirá que no entrar en lucha con esa parte de ti cada vez que ésta entre en escena. Dejarás así de sentirte culpable, y la verás como algo natural.
 
Este trabajo personal te permitirá también ganar en autenticidad y congruencia, puesto que la expresión de tus propios valores y facultades cobrará un matiz mucho más libre y sosegado. Por ejemplo, te sentirás más en paz si eres generoso porque honestamente eliges serlo que si lo haces simplemente para evitar que aflore en ti algo que no aceptas y que te genera ansiedad.
 
Llegados a este punto, estarás en disposición de comprender que nada en ti es bueno o malo, simplemente todo es y tiene derecho a existir.
 
Es en el momento en que las cualidades personales nacen desde la libertad y no desde el miedo, cuando podemos regalar a la vida y a los demás lo mejor de nosotros mismos con la paz y la alegría que hemos venido a experimentar.  
 
 
 
VNP
 
 
Polaridades y autoconcepto
lunes 23 de abril de 2012